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El 11 de septiembre de 2001 marcó un antes y un después

Algo cambio desde este día.

Abroché mi cinturón, sin turbulencias, un vuelo perfecto. Nos acercábamos al aeropuerto de Santiago de Chile. Era un día soleado, con un cielo azul hermoso y la cordillera de los Andes proyectaba una fresca mañana. Después de más de 12 horas de vuelo desde Europa, pisé los pasillos de la terminal, pasé por la aduana y esperé por mi equipaje. Había un ambiente extraño, rumores, gente inquieta. En los puestos de alquiler de coches, vi a personas amontonadas mirando un televisor. La noticia era impactante: algo grave estaba sucediendo en Nueva York. En el taxi que me llevaba al hotel, la confirmación definitiva: todos estaban pegados a la radio o la televisión. Llegué a mi habitación de hotel y finalmente vi en directo la caída de las torres gemelas. Fue increíble. Dos años antes había estado en la cima de una de esas torres, admirando la vista panorámica de Nueva York como turista. La magnitud del evento era inimaginable, incluso superaba a cualquier película. Las líneas telefónicas internacionales estaban colapsadas. Nadie trabajaba, todos estábamos absorbidos por lo que veíamos en la televisión.

Fue como presenciar una película global en directo, una visión del futuro presente.

Ese día, el mundo entero temió una guerra mundial, un apocalipsis real. Fue impactante. Nadie deseaba esto. Aunque me encontraba lejos, las horas y los días que siguieron fueron extraños y silenciosos, marcados por la sensación de que algo peor podría suceder en cualquier momento. Parecía que todos éramos más cercanos, más solidarios. La inquietud se apoderó de nosotros, conscientes de la importancia de ese atentado terrorista. Necesitábamos que alguien nos asegurara que no íbamos a morir en ese momento, que las bombas aún no caerían. Sentí el deseo de estar con mis seres queridos, de protegerlos. Me di cuenta de lo inútil que era mi trabajo frente a la magnitud del evento y sus probables consecuencias. Sin embargo, la vida continuaba, con plazas llenas de niños jugando.

Ese día marcó el comienzo de algo nuevo, llevando la desconfianza a su máximo nivel.

De repente, todos éramos sospechosos, potenciales terroristas.Los aeropuertos se blindaron, soldados con armas de guerra con miradas desafiantes. La seguridad fue aumentada sin precedentes con reducciones de libertades, de la intimidad, derechos amputados por fuerza mayor. Como en la pandemia, muchas decisiones apuradas. Las colas son protagonistas de estos nuevos tiempos. Una reducción de nuestro tiempo libre. Ahora todo lo que hacemos demora más a nuestra cuenta.

El poder de los estados democráticos amplio el perímetro de observación sobre la población, aprovechando la situación de aceptación para más protección. El absoluto control sobre el individuo. Siguió una globalización de la seguridad con un arsenal de tecnologías de detección. Un tremendo negocio con una oportunidad de oro para la dominación definitiva. Los malos, los que hay que neutralizar tienen campo ancho para actuar todavía.

Controlar a todo el mundo no significa pescar una especie concreta en el mar.

La amabilidad, la honestidad, la reciprocidad, el buen sentido, la bienvenida, las cosas simples fueron de repente valores en vías de exterminación. Toda una época de crecimiento económico haciendo cosas reales, de las que se pueden ver y tocar. Los servicios y la virtualidad tomando el relevo con sus nubes y gigabytes. Cambio todo desde aquel día. Fue como un nuevo orden mundial impuesto de un día a otro. Bruscamente. Aprovechando la desgracia para meternos varios goles con la sumisión. Es para tu seguridad y nos dijeron que las cámaras, los vídeos, los escáneres, etc. ahora la detección facial, el iris del ojo, monedas virtuales y pasaporte digitales van a acabar con los criminales y otros antisistema. Comprobaron nuestra dócil obediencia con la pandemia encerrándonos por semanas. Ahora el COVID es considerado como una gripe.

En realidad, son más rápidos para castigar las opiniones de cualquiera en las redes sociales antes de arrestar a un criminal. Cuando mandas un mensaje demasiado crítico, disruptivo, antisistema, opiniones contrarias al poder, te cortan la lengua, la línea, te buscan en tu domicilio para llevarte al calabozo. La inteligencia artificial viene a dar una vuelta de tuerca al asunto, la confusión agrandada por mil. En otras situaciones de régimen y políticas como por ejemplo Rusia, el caso Navalny va más lejos con la muerte. Los periodistas también son expuestos con sus miradas objetivas en los conflictos. Palestina es un reciente ejemplo. Un afán desmesurado para acallar las voces de los testimonios del horror. La verdad es que haga reflexionar a la gente poniendo en apuros a los gobiernos con sus planes de supremacía. Una sutil diferencia con la democracia plena.

Del otro lado, cuando te hackean tu cuenta o te estafan “on line”, cuando el estado te maltrata con impuestos a cada esquina de tu vida nadie hace nada. Ahora todo se pierde en las redes. No hay ventanillas para quejarte, un robot telefónico siempre muy ocupado atiende a los ciudadanos. Los mandantes mundiales de la economía manipulando los precios a gusto creando crisis para enriquecerse más. El precio de los contenedores durante la pandemia es vergonzoso. Sólo un puño de empresas a nivel mundial aprovechando la escasez provocando una inflación que les vienen muy bien.

Los criminales de las grandes ligas y los aprovechadores sin escrúpulos corren a sus anchas.La inflación y la tasa de interés tomando el ascensor con la banca sonriendo. Una meta bien coordinada entre muy pocos. La guerra de Ucrania para enriquecer la trama del engaño. La corrupción a plena luz del día también aprovechando la situación sin importar el color político de turno.Hay que ver una lanchita de plástico con guardias civiles contra un narco lancha con tres motores de potencia infinitas. Un estado complaciente con el mal. El pueblo consume la droga generando el negocio. Una extraña asociación. Políticos, líderes económicos y hampa como anzuelo para pescar clientes.

Unos pocos aprovechándose de la mayoría.No es nuevo en realidad, pero es que le pusieron un nombre. La DEMOCRACIA.

Una responsabilidad de un importante calado. Un bien precioso, un espacio de progreso, de libertades, de justicia. De derechos consolidados. Un lugar de equilibrios, oportunidades, paz y tranquilidad. Es un sueño para todos los que no la tienen. Un proyecto hermoso hasta que la prepotencia y el poder nuevamente emergen como el principal conductor. Un exceso de regulaciones y controles asfixiando todo el sistema. Una búsqueda de aceleración constante con la promoción del crédito, imprimir billetes sin respaldo. Ahora con deudas imposibles de pagar. Nos quieren embarcar ahora en nuevas guerras, fabricar armamento como escudo por no resolver problemas sencillos que solo pueden doler a ellos mismos. La carga excesiva de políticos y empleados públicos. Unas megaempresas dominantes de cada sector de la economía. Un mundillo autónomo que busca protegerse, alimentar su bulimia. Una burbuja independiente autosuficiente con el IRPF de todos.

En realidad, sólo un 10% de todos los países del planeta tienen democracias plenas.

Todavía es un paraíso contemporáneo. No hay dudas de que hay que protegerlo. Actualmente este proyecto está minado por la exageración, el poder sectario, partidista. La desigualdad manifestá construida voluntariamente con políticas relajadas. Socialistas, los derechistas, los extremistas, los autonómicos no importan, son todos parecidos en sus estructuras. Son demasiados con la aprobación por ellos mismos. El poder real en manos equivocadas. El pueblo es soberano solo en el papel. Los políticos entre ellos son capaces de inventarse la absolución de pecados como la amnistía, indultos y los dulces para que sigan pasándolo bien. Todo manipulado con delicadeza por los medios de comunicación del estado o privados, un instrumento de propaganda potente y de deseos guiados. La globalización económica como una prioridad absoluta pisando sin piedad las poblaciones, los currantes, los inocentes que ven sus muchos derechos adquiridos y llevados con orgullo derretirse como un helado en el verano.

Las torres gemelas como un símbolo de advertencia a la insolencia.

Una desgracia transformada en una palanca para ordenar a su favor un nuevo mundo donde todos los actores secundarios, la mayoría, pierden riqueza, autonomía y libertades con el tiempo pasando, lentamente sin descanso.

El PIB del país aumenta, pero el dinero no se distribuye a la población. Estadísticas oficiales establecidas per cápita engañosas siempre. El sudor del trabajo no genera más beneficios. Pregunta a un joven ahora como encuentra un trabajo, una hipoteca, crear una familia con hijos, pagar un alquiler, pagar cien euros por una zapatilla de plástico no reciclable. Pregunta a un viejo que tal su pensión y las compras en el supermercado. Sacar dinero del cajero cuando está lloviendo. Pagar diez euros de comisión por llevar un rollo de un centavo embalado a tu banco. La carne o el pollo cargados de agua y papel húmedo para aumentar su peso. Compras 30% de grasa en el pollo, 5% del peso por kilo de carne en una toalla húmeda, te dicen que es por mantener la humedad en el embalaje de plástico. Como que no saben que el plástico es una peste. La comida basura está provocando el consumo de costosos medicamentos años después. Un coche SUV para hacer las compras en el centro de la ciudad. El planeta con sus problemas de sostenibilidad no tiene mucho aprecio mientras que les salga dinero a raudales engañándonos. En fin…todos lo tragamos como si fuéramos anestesiados antes de una operación en el hospital. Deberíamos preguntarnos y tomar consciencia de que queremos mantener de válido en la democracia si todo lo bueno disminuye y el malo aumenta. Hay una manera desenfadada de abusar de nosotros.

Que podemos hacer para cambiar las reglas del juego.

Como sacar a estos impostores de una película con el drama como género. Un poco de alegría nos vendría bien. La política es un entretenimiento audiovisual de una casta que solo quiere vivir del espectáculo. Una mera diversión para dejar a sus socios de la economía predadora con sus megas empresas hacer sus faenas a gusto.

La democracia es otra cosa.

Nos cansamos de tanta frivolidad. Viene el tiempo de limpiar los sobrantes. Adelgazar estos rollitos de más. Dar un ejemplo democrático levantando la voz todos juntos, en lugar de tractores en las calles, una cacerola gigantesca con sus sonidos golpeando las puertas de todos estos abusadores e impresentables. La democracia es como una luz brillante y cálida, no deberíamos tolerar las derivas que nos llevan a destinos de frío polar.

Viva la vida.

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