MI ABUELO

MI ABUELO

MI ABUELO

Llevo ya varios días dando vueltas a sobre que escribir mi artículo del mes. La verdad es que no faltan temas, desde la segunda ola de esta mortal pandemia, hasta el malhadado viaje de Iglesias a Uruguay, pasando por la vacuna anunciada, los dimes y diretes de los diferentes ministerios y un largo etc., sin embargo esta tarde en el coche, en carretera y pensando en todo ello, me vino como una epifanía el recuerdo de mi abuelo materno y así, con el volante en la mano fui pensando en que he escrito cosas de mi padre, madre, abuela, etc., pero nunca sobre mis abuelos.

El reto está tal vez en que mi abuelo falleció antes de que yo naciera, por lo que la memoria ha ido fraguando un recuerdo pero no por él mismo ni por convivencia, si no por el recuerdo vivo de todo aquello que mi abuela y mi madre me fueron contando del mismo a lo largo de nuestra vida en común.

Mi abuelo se llamaba Romualdo Aleixandre Expósito, segundo apellido que se ponía a todos aquellos niños abandonados al nacer, pues debo decir que mi abuelo era un niño de inclusa que nació sobre el año 1.888 y digo sobre, porque mi madre no se acordaba del año y mi abuela tampoco, por lo que lo dedujimos por los datos que pudo aportar mi abuela en cuanto a su distancia temporal con respecto a ella. El primer apellido es algo más misterioso: según me contó siempre mi madre, mi abuelo llevaba en el brazo una señal hecha a fuego, la misma que llevaba en un pedazo de cuero metido en un sobre cuando fue dejado en la inclusa. Dentro del sobre venia un papel, que junto con el pedazo de cuero grabado si he visto, en el que solo ponía Alexandra.

Mi madre en cierta ocasión empezó una especie de investigación apoyada por un especialista en heráldica, investigación que termino cuando se cansó de aportar el dinero que cada vez en mayor cantidad le pedía el especialista. De ahí no se sacaron nada más que conjeturas, por lo que ella y yo decidimos dejar la cosa como siempre había estado y poder así seguir fabulando sobre ello en esas noches de invierno frente a la chimenea.

Mis conocimientos sobre mi abuelo, comienzan a partir de que se casa, desconociéndolo todo sobre cualquier etapa anterior a excepción de lo comentado anteriormente. Sé que era un hombre corpulento, de 1,80 y del que solo he visto una fotografía en mi vida; era agricultor y cultivaba arroz, naranjas, melones y una pequeña huerta para las necesidades de la familia, familia que formaban junto con él, mi abuela, mi tío Salvador, mi tía Amparo, un hijo que murió de pequeño y mi madre que era la menor con gran diferencia con sus hermanos.

Trabajador incansable según relata mi padre, el cual iba ayudarle al campo algún fin de semana, siendo en palabras exactas de mi progenitor “un hombre ya mayor, que siendo yo joven como era, no podía seguir su ritmo de trabajo” y eso que mi padre es otro ser extraordinario que hasta hace unos años parecía hecho de acero. De ese trabajo todavía se conserva en casa un hacha cuyo tamaño y peso indica a las claras el tamaño y fuerza de mi abuelo, también se conserva una vieja hoz, pero esta ya de tamaño normal.

Viajero impenitente siempre dispuesto a ir a Madrid, ciudad donde tenía varias amistades y que le gustaba sobremanera, hasta el punto de tener una anécdota familiar al respecto: estaba el abuelo sentado a la sombra en el zaguán de la casa y acertó a pasar un vecino que por las trazas y el pañuelo que hacía entonces las veces de maleta entre las gentes del pueblo, le preguntó donde iba y este le dijo que a Madrid, por lo que le instó a esperar 10 minutos, con un grito urgió a mi abuela a que le arreglara el pañuelo con la ropa, mientras el se cambiaba y ya, camino hacia Madrid, en tiempos en los que un viaje de ese tipo no era nada comparable al AVE actual, pues había que coger un destartalado autobús hasta la cercana Algemesí, allí un tren hasta Valencia y en la capital del Turia el tren hasta Madrid, un viaje con una duración no inferior a las 10 o 12 horas.

No obstante el viaje más recordado fue cuando en plena campaña del Ebro y no teniendo hacía días, noticias de su hijo varón, el cual a la sazón era chofer al servicio de un comisario de guerra perteneciente al estado mayor del General Miaja y cuya familia se hospedó durante la guerra en su casa (de ahí venía el enchufe), ni corto ni perezoso, cogió su equipaje y se marchó hacia el frente del Ebro, donde tras recorrer lo que imagino tendría que recorrer, no solo encontró a mi tío, si no que dijo que para él la guerra ya había terminado y se lo trajo a casa.

Fue también toda su vida Campanero, llegando a ser el Campanero Mayor de la Iglesia del pueblo, también hombre religioso que toda su vida asistió a misa diaria, a las 6 de la mañana, misa en la que al terminar era despertado por el sacerdote, el cual todos los días le decía: Romualdo si te duermes no vale la misa, a lo que él respondía, usted no se preocupe, que el de arriba sabe que estoy aquí. Imagino que esta faceta religiosa hizo que al terminar la guerra no le pasara nada a mi tío, el cual ni siquiera tuvo que hacer el servicio militar, eso y la intima amistad desde niños con uno de los caciques del pueblo, con el que compartía viajes, comidas y sobre todo, novias en Valencia, pues eso fue motivo de un ultimátum que en un momento de la vida le dio mi abuela, que también era una mujer de armas tomar.

Y así, escribiendo, escribiendo, me doy cuenta de que podría llenar muchos folios y de que todavía se quedan en este tintero virtual, muchas anécdotas y vivencias, pero no, no es ese el motivo de estas líneas, a fin de cuentas yo solo quería homenajear a alguien a quien sin conocerlo, mi madre y mi abuela me enseñaron a querer como si me hubiera acompañado desde mi más tierna infancia y es que siempre hablamos de la sangre, pero olvidamos que lo que cuenta es el sentimiento.

 

  • Articulo Por: Fernando García

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