La sucia y vulgar estafa de Pedro Sánchez tras el 10-N

La sucia y vulgar estafa de Pedro Sánchez tras el 10-N

La sucia y vulgar estafa de Pedro Sánchez tras el 10-N

 El CIS de José Félix Tezanos que otorgaba 150 diputados al PSOE no debía engañar a la España inteligente y conciliadora que tenía en la mano, a través del voto democrático, desmontar la farsa sanchista, obligados a celebrar elecciones en cuatro vergonzosas ocasiones, con el país secuestrado durante cuatro años por los caprichos ridículos de un emperador desnudo al que la mayoría de los ciudadanos le han visto ya demasiadas veces las impúdicas y amorales vergüenzas.

 El 10-N era el día para darnos una oportunidad de sentido común y prevenir los desastrosos males que como consecuencia del nefasto socialismo bolivariano actual, podían derivar en una crisis institucional y económica sin precedentes, dirigidos por una patulea de sectarios e inútiles resentidos que habían puesto en cuarentena los valores de cuarenta años en libertad y una generalizada paz acordada por los derechos y deberes constitucionales.

La libertad estaba en fase de implosión si no se reaccionaba para preservar lo que con tanto esfuerzo generaciones de españoles han conseguido; en riesgo tantos logros por los intereses tabernarios de Sánchez y sus muchos cómplices, males derivados de las consentidas codicias personales y políticas de esta pandilla oportunista que ocupando con viles artimañas el Gobierno de España, había traspasado todas la líneas de la decencia y la honradez elementales.

 Votar en buena lid democrática-sin un Indra elegido a dedo mediante-debía servir para desbloquear esta situación insostenible y marcar un nuevo rumbo lejos de las componendas de un enfermo Pedro Sánchez que en su pútrida especulación de ambiciones insanas, era capaz de desenterrar el odio guerracivilista para mantenerse en la poltrona donde, ateniéndonos al juego limpio, jamás debió estar.

Antes de adentrarnos en una etapa oscura de disensión y sabotaje contra las instituciones que sostienen los pilares de nuestra merecida democracia, las urnas debían haber precipitado contra sus incongruencias malintencionadas a los demostrados enemigos de los ciudadanos de bien,  con cuyo futuro han jugado los caraduras de nuevo cuño y la mediocridad más ruinosamente evidentes de la que nos podíamos librar.

Bastaba un sano juicio de autocrítica más allá de los impulsos ideológicos con que muchos pretendían decidir un destino que las sucias maniobras de Sánchez predecían en fase de agravamiento. Reaccionar era esta última oportunidad frente a la oscura expectativa que nos iba a adentrar en una etapa, un punto de inflexión, imprevisible en sus muchos perjuicios.

 Sabemos de los tinglados y los chiringuitos multitudinarios del verdadero fascismo izquierdista que vive sin dar palo al agua con la sopa boba pagada por el esfuerzo los ciudadanos. De la progresía viven cientos de miles de paniaguados, estafadores de las funciones públicas y sinvergüenzas; son muchos los que pierden si se apean de la panacea arribista en complicidad sectaria. La corrupción de los ERE asciende a 20.000 millones de euros robados a la gente necesitada y los juzgados arden con la documentación que inculpa a UGT de corruptelas ilimitadas junto al PSOE: muchos advertían con los antecedentes sucios de la ausencia de  juego limpio como no lo hubo el pasado 28 de abril. De Pedro Sánchez, el Fullero, con los precedentes sin límite que todo el mundo conoce, se podía esperar todo. ¿Al final la España a pie de urnas decidió la suerte que merece?

La conciliación con Pablo Iglesias, el paripé de engaño al ciudadano que ya advertía Santiago Abascal en el Congreso de los Diputados ha sido una sonora bofetada sin vergüenza a la decencia personal y política que con estos elementos se ha ausentado sine die. Y si de trampas se trata de unos y otros, para adquirir ventajas propias de estafa sociopolítica, se ha detectado un algoritmo un poco más complejo que el del 28 de abril, por el que artificiosamente se han visto favorecidos los partidos satélites que podrían facilitar la investidura de Pedro Sánchez con un empeorado gobierno a lo Frankenstein, desintegrador, radical y virulento. La Plataforma para las Elecciones Transparentes así lo ha denunciado en lo que parece una nueva maniobra de manipulación electoral durante el conteo de votos y demás fullerías detectadas en los colegios electorales, toda vez que los 150 escaños del CIS de Tezanos habría sido demasiado evidencia para volver a colar el pucherazo con que acostumbra a ganar el elemento Sánchez remontándonos a aquellas primarias del PSOE en que lo cazaron tras las cortinas de su desvergüenza amoral.

Solo un ser enfermizo, un iluminado de pacotilla, puede actuar con ese desdén chulesco que ha obviado al Rey para auto postularse como candidato sin las recurrentes consultas. Cuanto más se le conoce más se acrecienta la impresión de que la alta traición es solo una sospecha más de otros delitos que va sorteando encubierto tras la maquinaria goebbeliana de los medios de comunicación pagados y las togas apostadas con sectarismo en los tribunales de Justicia. Y ahora a peor porque no se le pilla el as en la manga a este tahúr del madrileño barrio de Tetuán.

El 10-N podía haber marcado la hora de que el doctor cum fraude desapareciera de la vida pública y se pusiera a trabajar de verdad, denostado además por los suyos, decentes, sin aprovecharse hasta el ridículo de los recursos del Estado: él  junto a la manada que lo ha acompañado durante el secuestro  sanchista; un gobierno esperpéntico, malencarado, inaudito, inútil, deshonesto, beligerante y chapucero del que España debía haberse liberado si es que alguna vez votamos últimamente con el juego limpio del que constantemente ha prescindido este ser sin principios morales. Es ya para la Historia un incalificable elemento que ha reunido la barredura política para seguir apoltronado, pronto atrincherado, en La Moncloa. Lo que siembra en esa vil especulación con tintes carroñeros, tarde o temprano lo recogerá con creces. Sus hábitos son de estafa y propios de la delincuencia común adaptada a una bajeza política de la que él mismo será su principal víctima.

 Ignacio Fernández Candela

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