abril 19, 2021

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Hace un año nos anunciaban que íbamos a estar quince días encerrados en casa, saliendo solo para lo justo, comprar, pasear al perro y poco más, aquellos 15 días se convirtieron para mi en 65 días en que como suele decirse “no asomé el morro a la calle”, tan solo bajaba como en mística procesión, todos los domingos y a elevada hora de la madrugada para no cruzarme con nadie, con mascarilla y guantes, al garaje, en donde arrancaba el coche y lo mantenía en marcha un buen rato, para evitar que se descargara la batería y también en el día de liturgia, al quiosco a por mí periódico semanal.

Me había advertido mi médico sobre la salida y hasta me indicó como coger la baja al ser yo personal de riesgo “nano, como lo pilles la palmas seguro”, así que como podréis comprender, mucho me libré de no hacer nada que se saliera del guion que la televisión por boca de Simón nos iba desgranando día a día.

La verdad es que no me preocupaba el tener que estar encerrado, amo la soledad debido a los muchos años en que por mi trabajo, paso muchas horas y días solo, por lo que sabía que no iba a ser problema para mí, tenía resuelto el tema logístico de la alimentación diaria y gracias a la tecnología, tenía elementos de sobra para pasar el día entretenido y esa misma tecnología me mantenía diariamente en contacto con mi padre y con mi hija, las únicas preocupaciones que tenía encima. El trabajo estaba controlado y además el encierro vino en buen momento, cuando ya la campaña de cítricos estaba casi terminada y la del ajo aun quedaba a prudente distancia.

Así que como primeras rutinas diarias, se establecieron las de llamar a mi padre todos los días y tener una videollamada con mi hija y mis nietas, estas últimas felices de estar todo el día en casa con su madre, la cual estrenaba ese teletrabajo que vino para quedarse y vi que eran costumbres que debíamos de haber adquirido hacía ya años y no esperar a que llegara este bicho para hacerlo. Después vino la primera idea: pedir un pack de aperitivos con vermú incluido para que se lo enviaran a mi hija y, por que no, otro para mí. Digo fue la primera idea, pues a partir de ahí comenzó la fiebre de bucear casi todos los días en la red y ver que encontraba, así fueron llegando envíos de vinos, cervezas, conservas, carnes maduradas, juguetes para mis niñas, anchoas, ibéricos y todo aquello que complacía mi vista y mi gusto, hasta el punto de que hubo semanas en que raro era el día en que no llegaba algo.

No sé la de vino que trasegué y la de quesos que consumí, eso unido a que cada día cocinaba aquello que más me apetecía, hizo del confinamiento un espacio gastronómico de primer orden, ya no por elaboraciones de esas de altas estrellas, si no por las de platos de andar por casa, pero realizados con paciencia y cariño, mucho cariño y muchos postres a base de almibares diversos que hasta entonces ni sabía yo que existían, la verdad es que no me equivoqué en mi primera apreciación y me di cuenta de que hasta lo estaba pasando bien. El teléfono estaba callado, el silencio era casi total, mi cuerpo descansado y por primera vez en muchos años, un montón de días sin coger el coche. Se hicieron nuevas amistades por las redes, se reafirmaron las antiguas y hasta hubo tiempo para inocentes flirteos de esos que te hacían recordar la ya pasada juventud y que no pasaban de ser un juego inocente.

También salí a aplaudir al balcón, si bien es cierto que ni fui constante ni lo hice demasiados días, no me parecía que aquello fuera, no sé, algo que sirviera para algo, máxime cuando el tiempo lo ha ido devolviendo todo a su sitio y aquellos que aplaudían son los mismos que hoy agreden a los sanitarios o los ponen en solfa, pero somos parte de un rebaño y aquello fue eso, un acto de rebaño que además alentaban las televisiones, cuando tal ves esos sanitarios, más que aplausos hubieran agradecido unas contrataciones masivas de personal y una respuesta económica en sus salarios ante todo el gran esfuerzo que estaban haciendo, pero claro, los gobiernos de turno si sabían que los aplausos eran gratis.

También subía a la terraza a que mi perro corriera y se expansionara, por mucho que si había algún vecino con los niños me mirara mal, a fin de cuentas ni ellos ni yo debíamos estar allí, pues se prohibía el uso de la terraza para cualquier cosa, según los estatutos de la comunidad, así que, sin ánimo de ninguna mala comparación, ellos sacaban a sus niños y yo a mi Toby, que a la sazón era todavía un niño de 8 meses.

Escribí, parí algún poema, hice algún dibujo y aproveché para poner en orden papeles y archivos en el ordenador, hice limpieza de aquello que no servía y seguí comiendo y bebiendo, tranquilo y sin ningún tipo de remordimiento, tal como estaba el patio, pues casi mejor morir de los excesos culinarios que de un virus que como el agua, era y es inodoro, incoloro e insípido, que con ese marketing nunca entenderé como somos capaces de beber agua sin gas.

Y así, hoy se ha cumplido el año de aquello y ya ves, ni somos mejores, ni hemos salido todos juntos, hemos dejado a un montón atrás y a más de 100.000 completamente atrás, recién hace nada vemos un poco la luz del túnel con esas vacunas que no llegan para todos, pero si para esos políticos sin escrúpulos ni vergüenza y de los que pasados los primeros días, ya no se ha dicho nada y ni han sido expulsados de sus partidos ni ellos han sido capaces de dimitir, salvo unos pocos que se ve les queda algo de ética y por el camino tenemos el vergonzoso título de ser el país que peor ha gestionado la pandemia, que ha tardado un año en destinar un dinero para autónomos y pequeñas empresas y cuyo Presidente no es culpable de nada, como si la gestión no fuera suya ni la vergüenza, tampoco.

Y yo ya salí a la calle, y entré y volví a salir y me he recorrido de nuevo la geografía de este gran país, me he beneficiado de los precios tan bajos en hoteles de muchas estrellas, me ha tocado comer algún día de bocadillo en donde la hostelería ha estado limitada y me ha tocado hacer muchas colas: en los bancos, en las tiendas de mis clientes, en las recepciones de los hoteles, en la entrada a los comedores, en los supermercados, en las tiendas de alimentación y en no se cuantos sitios más, en algunas y así como de cachondeo, tarareaba eso de “aquí se queda la clara, la entrañable transparencia”, no sé, imagino que es lo que harán los cubanos, ellos que son los reyes de las colas en el mundo, junto con los chinos.

Eso, si, a pesar de que luego ha habido confinamientos a nivel comunidad y provincia, en todo este año, tan solo he sido parado en un control, lo que demuestra que aquí todo lo hacemos cara a la galería, no nos extrañemos pues de que en pocos días, nuestras costas se llenen de compatriotas llegados de comunidades de las que supuestamente, no pueden salir.

©Fernando García, 14.03.202 – Desde mi montaña.

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