marzo 2, 2021

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       Día de la Constitución 6 de Diciembre. Lo único que se puede celebrar es la protesta en las calles contra un desgobierno delictivo. ¿Qué si no va a conmemorar en carne viva la España del 2020 secuestrada por toda la carroña tabernaria, ineptos, dementes y criminales sin moral ni conciencia?

    A tenor de las evidencias con carácter retroactivo que resumen una era constitucional, este país nuestro estaba institucionalmente basado en una farsa orquestada por una corrupción de alto nivel que ha afectado desde siempre al ámbito político, económico, financiero, empresarial, jurídico y hasta cultural. Un amplio despliegue de redes corruptas, principalmente socialistas, que han actuado con absoluta impunidad explotando a un pueblo que ha sido tratado como un pelele, sometido a los caprichos de los poderosos que acumulaban la inmundicia robando a destajo y manipulando las vidas de este experimento social conjunto denominado Constitución. Inmundicia traducida en sucia riqueza que ha pagado durante décadas la traición de un esmerado país cuyos habitantes han sido manipulados grotescamente, para sumirlos en un sueño de falsedades y despertarlos en una pesadilla de muerte e incertidumbre, precariedad y desequilibrio generalizados que actualmente implica una beligerancia creciente con un futuro incierto y desalentador.

    El Partido Popular no se libra de responsabilidades por la hipócrita tibieza de sus engañosas intenciones.

    Una debacle fraguada por sinvergüenzas de toda índole que han delinquido auspiciados por el relativismo moral, el encubrimiento en reciprocidad y el reparto de trapos sucios blanqueados desde el poder jurídico.  Si ya era una sospecha, con el asesinato de nuestros Seres Queridos y el fraude electoral que ha encumbrado a delincuentes comunes tras siglas políticas, comprobamos una justicia distinta para proteger a los poderosos y otra aparente que cumple un papel hipócrita, sojuzga al ciudadano de a pie que ve recortada su libertad cuanto más se descubre la infame teatralidad de este esperpento denominado España democrática de los cuarenta años. Esperpéntico por las consecuencias que han permitido que miserables forajidos accedan a la dirección del Estado.

     Las tragedias sin visos de solución actuales, el riesgo real de una confrontación civil, las incisivas consecuencias sin fin de la manipulación ilimitada,  no son fruto del desarrollo de fortuitos acontecimientos, sino la nefasta cosecha de sembradores sin escrúpulos; la cizaña histórica de una democracia que fue mientras se pudo disimular el carácter totalitario de un grupúsculo de influyentes maleantes de la siniestra socialista y la tibieza hipócrita del PP, ahora tomada España por mamarrachos sin honra ni preparación,  que han arruinado a  hacendosos ciudadanos de generaciones, explotados por desalmados, quienes por decenas de millones no merecen el trato todavía soportado con resignada y silenciosa repleción. Sánchez e Iglesias se arriesgan a que sean buscados, democráticamente,  para darles el pago a la crueldad e indiferencia demostradas contra ciudadanos hartos de este endemoniado desgobierno criminal.

      Porque históricamente tendemos a resarcirnos de nuestros desórdenes, cuanto más el de hoy en día donde nada de lo aparentemente construido ha sido sano ni altruista. No hay valor moral sobre el que recordar esta España democrática salvo el de sus víctimas injustamente tratadas y entregadas a la traición por forajidos, institucionalmente parasitarios.

      Un balance decadente de criminalidad para una España que nunca fue lo que nos han hecho creer y que se enfrenta a un proceso autodestructivo, con la incertidumbre como única certeza de futuro. Las resignaciones se extinguen y entramos en tiempo de reacciones incontroladas, de impulsos de justicia. Cuarenta años para desembocar en este infierno han dado mucho de sí y podría haber rebelión contra un yugo delictivo que aprovecha las debilidades de una ingenua democracia para dar un golpe de estado. No es tiempo de celebraciones: la Constitución fue fallida desde el momento en que dejó abierta la puerta a dementes y criminales como Sánchez e Iglesias para secuestrarla con trampas y destruir España.

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