DE OTRAS PASCUAS

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DE OTRAS PASCUAS
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Articulo Escrito por: Fernando García

Mi primo y yo, ambos de la misma edad a falta de un mes que nos diferenciaba y siendo yo el mayor, esperábamos con ansía siempre ese día.

Los de antes eran los típicos de unos días de Semana Santa en un pueblo de la Ribera de Valencia y en los que no se podía hacer mucho, a pesar de que nuestra edad, 11 años por entonces, nos hacia ser espíritus inquietos por naturaleza.

Las Jornadas previas se habían caracterizado por el enorme silencio que imperaba en el pueblo, en donde se cerraban los cines durante los días más representativos de las fechas santas.

En las casas, mitad por costumbre y mitad por el que dirán, no se ponían las radios y no digo nada de las televisiones, pues el pueblo no era rico en ellas.

Los bares ponían sus persianas de cierre de puerta a media altura, con el fin de que no saliera a la vía pública más sonido que el necesario e imprescindible en un local de hostelería y me consta que se evitaba servir a los borrachos oficiales de la población, con el fin de evitar males mayores.

Los niños durante esas fechas, habíamos buscado para nuestros juegos el alejarnos de las calles, así el río, algunas acequias de la marjal o la amplia avenida que llevaba al cementerio, con sus imponentes eucaliptos que la bordeaban, eran los escenarios más habituales y el atrapar ranas o intentarlo con anguilas, la realización de pipas de caña, que una héroe de no recuerdo que película había puesto de moda hacía poco, o simplemente los combates a base de las bolas duras de los cipreses al llegar al cementerio, eran las distracciones más habituales, salvo que lloviera, en cuyo caso, mi tía abuela Amelia nos prohibía salir a la calle.

En esos días nos dedicábamos a escarbar por todos los rincones de aquel caserón del siglo XVIII, enorme, con sus tres pisos de altura y un semisótano con más de 600 m de superficie y un corral o patio trasero con pozo propio de agua que tendría otros tantos y con aquella cabeza de toro que lo presidía todo desde el inmenso patio de entrada. Estaba allí debido a que mató a uno de los empleados y por ello se mató al toro y se disecó su cabeza, como recuerdo y homenaje al mayoral fallecido.

En esa casa que hoy es museo abierto al público, se guardaban los mil y un cachivaches necesarios para lo que siempre había sido su dedicación laboral: cría de toros, cría de gusanos de seda en plan industrial, más lo necesario para las labores del campo, así era fácil encontrar en aquellas estancias que servían de almacén, desde las enormes “camas” donde se secaban los capullos de seda, hasta cuchillos de apuntillar a los toros, lo que convertía todo aquello en un lugar mágico para dos niños de 11 años con una mente en la que bullían aventuras de todo tipo.

Pero sin embargo, lo que esperábamos con unas ganas inconmensurables, era la misa de la Vigilia Pascual.

Esa noche, al igual que el resto de ellas, cenábamos en la cocina de casa, una cocina pequeña y humilde con uno de aquellos infiernillos de petróleo y una única bombilla de 25 vatios como toda iluminación, pero con ese olor a cocina de niñez, que incluso hoy, ahora mismo, siento en la pituitaria, como si me encontrara allí de nuevo.

Desde la cena a la hora de la misa, el tiempo se volvía eterno y no sabíamos que mas hacer que desesperarnos en aquel caserón oscuro, grande y lleno de ruidos que asustaban a aquellos dos grandes aventureros que éramos mi primo y yo.

Por fin llegaba la hora de salir a la calle y dirigirnos a la iglesia cogidos de la mano de mi tía y ya encontrándonos por la calle con toda la gente que se dirigía a los oficios.

Antes de entrar, mi tía Amelia nos daba una pequeña candela que luego haríamos servir durante la ceremonia.

El interior del templo se mostraba también parco en iluminación y so0bre todo, muy frio, siempre he recordado el frío de aquellas noches en aquellos bancos de madera.

Luego, a su hora salía el sacerdote y empezaba la ceremonia, a lo largo de la cual, se cambiaría y bendeciría el agua de la pila bautismal y se renovaría el cirio pascual, del que prenderíamos las candelas que mi tía nos había previsto, también se prendía fuego a unas ramas de olivo fuera, en la plaza del pueblo y ante la puerta principal.

A las 12 en punto, se oía un estruendoso ruido de tiros de escopeta que los hombres hacían sonar en la plaza, al tiempo que las campanas del campanario, del cual mi abuelo fue campanero mayor hasta su fallecimiento, se volvían locas volteando y derramando su dulce sonido por el cielo de la noche valenciana.

Era señal de que terminaban los días de pasión y de que comenzaba la Pascua. Reanudaban los cines sus funciones, los bares ya no se cerraban a media altura, los borrachos podían pasear sus canticos por las aceras o la mitad de la calle, dependiendo del estado y los que alquilaban tocadiscos y discos, se aprestaban a los días de más negocio.

Comenzaban los días de merienda, de mona, de cenas, de los primeros bailes y los primeros pitillos, de las primeras novias que aún no tenían besos y de unos días de risas y alegrías que nunca borraré de mi memoria.

Hoy ya todo son recuerdos, mi primo y yo hemos perdido salud, agilidad y ganas de aventuras; aquellas novias son hoy respetables abuelas y ya no sé si los niños de ahora tendrán las mismas costumbres que nosotros, aunque creo que ya no.

Lo que si tengo son estas letras que ya quedan impresas por siempre y el placer de compartirlas con vosotros, eso sí, lo que pasaba en los días de la Pascua… ya es otra historia.

https://www.youtube.com/watch?v=bwSBAFQCnJU

©Fernando García. 2018

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