¿Cuánto puede tensar la cuerda de la traición Pedro Sánchez sin que se rompa?

¿Cuánto puede tensar la cuerda de la traición Pedro Sánchez sin que se rompa?

¿Cuánto puede tensar la cuerda de la traición Pedro Sánchez sin que se rompa?

Asistimos a un verdadero vaciado del odre viejo, un odre mundanal absolutamente podrido. Muchos valores de la integridad humana están descompuestos en Occidente. Una putrefacción de la que no se libran organismos como la ONU  que hasta hace unos años fue referente de dignidad en el compromiso ético de la construcción mundial.

La globalidad va ser revisada y corregida, indefectiblemente, por la reacción contra la disolución de la integridad occidental. Habrá que ver cómo se toma este pulso de resistencia contra lo que se ha llamado, de manera equívoca, lo políticamente correcto; en realidad una sumisión a la amenaza prescindiendo del instinto de supervivencia, necesario para blindarse ante hostilidades parapetadas tras el totalitarismo de izquierdas disfrazado de elección, fraudulenta, aparentemente democrática. Verbigracia, Venezuela.

Si a putridez nos referimos, el odre del PSOE apesta a Pedro Sánchez. Si el orbe del que formamos parte posee difícil arreglo, la situación en España semeja ser un globo a punto de estallido, porque no cabe insuflar más necedad sin que se colmen las desavenencias y se rompa el sentido común que cada día es desafiado.

En España estamos tan anclados y resignados en el interés tabernario del sanchismo que perderemos la comba de los acontecimientos quedando a este paso indefensos por la corrupción, el secesionismo, el quebranto del respeto a las instituciones y la reminiscencia de los peores años de desentendimiento que han desembocado en las recalcitrantes crisis del garrote y el puño.

Isabel Celaá se ha manifestado en los mismos términos golpistas desde un Gobierno en funciones de la Nación.  Suma y sigue la intencionalidad que se adivina en las negociaciones con ERC. Surgen las voces autorizadas que exigen la intervención institucional para juzgar por traición a Pedro Sánchez. Desde hace tiempo la anormalidad impera con un golpe de Estado encubierto, usando las debilidades de la democracia.

Todo lo que se siembra se recoge y la Historia de España es paradigmática para saber que lo que mal anduvo, peor acabó. Tristemente ejemplar. Los actos implican consecuencias y todavía no parece que hayamos cosechado las malas semillas de la hipocresía corrupta que nos aqueja desde hace décadas, siendo estos últimos años suficientemente expositivos para deducir que tanta presión no es sostenible.

Basta un golpe de efecto- de eso ya hemos experimentado algunos puntuales y nada casuales como el asalto al Congreso en 1981; la expropiación delictiva de Rumasa en 1983; el 11-M o el asesinato de Isaías Carrasco que posibilitaron la era zapaterista que supuso un antes y un después en el equilibrio social e institucional de España, para volcar la precaria ponderación y enfrentarnos sin remisión; sin dar nadie el  brazo a torcer, sin inteligencia que valga y sí con toda la necedad que nos trasciende. Una España defensiva frente a las embestidas de la suciedad política.

Una trascendencia desbocada con múltiples intereses que agravan la falta de cohesión dinamitando las bases constitucionales en que se basa la paz de cuarenta años. Las bases sobre las que se estructura una convivencia pacífica aunque no sea perfectamente democrática y que Pedro Sánchez aprovecha para dinamitarla llevado de enfermiza codicia por su ego desbocado.

Constitución y un modelo de Estado. El elemento vital de cohesión que ha posibilitado un común entendimiento y que hoy en día está a punto de explotar, literalmente por método de implosión con muchas cargas destructivas que amenazan la convivencia pacífica. Y más vale que admitamos la gravedad de las situaciones para no adentrarnos más en un laberinto sin retorno. ¿De verdad no cabe preguntarse qué destino nos aguarda si seguimos pugnando por desafiar las convivencias hasta romperlas definitivamente?

Lo único que nos separa de las violentas intenciones guerra civilistas de 1934 es el entorno europeo aliancista y la experiencia democrática que todavía nos impide lanzarnos a la yugular del contrario político. La aparición de nuevas generaciones parasitarias que cabalgan en los ideales de posturas políticas totalitaristas, ha comprometido literalmente la paz de la construcción democrática en la porfía de imponer un régimen de libertades coartadas, sectarias y rupturistas contra todo el orden establecido durante décadas. No les bastan las conveniencias reformistas, sino que la necesidad de la transformación y la revisión constitucional se han convertido en el pretexto para arraigar el radicalismo per se. ¿Hasta cuándo es posible la paz social, quebrantando permanentemente el consenso vital con el que progresa todo país consciente de sus arraigos históricos e intención constructiva?

España es un país adaptado en la convivencia pacífica y es hiperbólico predecir unas líneas límite que puedan traspasarse, pero lo cierto es que hace mucho tiempo que se pasea la peor clase política por las lindes de un abismo donde cualquier tropiezo puede pagarse muy caro.  Las  ganas de traspasar esas líneas no parecen faltar en las manifestaciones de ruptura y regresión, con las mismas causas que llevaron a enfrentarnos civilmente en 1936. Júzguese exagerada la comparación,  pero la incertidumbre es lo único de lo que se puede estar seguro al hilo de los acontecimientos agravantes que parecen precipitarnos a riesgos decisivos: teóricamente confluyen demasiados factores radicalmente determinantes y comprometidos para nuestro futuro como país.

Tensar la cuerda de la paciencia estando en riesgo la supervivencia de todo un país es temerario. Es muy peligroso jugar a romper las reglas del juego esperando que cada cual imponga sus propios órdenes y el objetivo final por el que esas necesarias reglas obligan a seguir unas pautas comunes de responsabilidad sociopolítica. Una responsabilidad de la que Pedro Sánchez y sus ministros en funciones prescinden, tomando como propios los postulados de los enemigos que la democracia ha soportado con la fe en una Justicia que el PSOE ha quebrantado, y más últimamente, de modo reiterado.

Y seguro que es más el delito oculto que el juzgado con 142 causas de corrupción por dirimir y coartando el trabajo de la Guardia Civil para que no se pueda investigar la pútrida mezquindad del partido más corrupto y golpista habido en España; maestro del engaño que siempre se las arregla para victimizarse proyectando las culpas contra otros: las verdaderas víctimas de la deshonra y la indignidad de un presidente en funciones sospechoso de múltiples delitos cuyas componendas nos abisman en una incertidumbre donde todo es posible y para mal.

Ignacio Fernández Candela

 

 

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