150 vergüenzas en el aquelarre de El Español

150 vergüenzas en el aquelarre de El Español

150 vergüenzas en el aquelarre de El Español

La corrección política los denominaría insensibles e inoportunos. Llamemos con fehaciente distinción a cada cual por su nombre. No estaban todos pero fue una nutrida representación de sinvergüenzas del demonio en tiempos oscuros.

     Ayer en comitiva de aquelarre se reunieron en el Casino de Madrid ciento cincuenta muertos. Vestían de gala su putrefacción con la impecable vergüenza de la amoralidad. Lucían sus más indecorosas presunciones y apestaban lujo en un cementerio de vivos aromatizados. Estaban muertos, confinados en un ataúd compartido, irrigados de nauseabundas pestilencias personales que se esparcían por el salón de los demonios; sirvieron exquisita mierda como suculentas viandas en sus platos, en tanto el Pueblo devora la ruina. Aplaudieron en una dimensión de terror luciendo sonrisas de espectros. Las mascarillas que imponen a los asfixiados no los ocultaban, las caras asomaban con descarnada fealdad del espíritu deforme que los unificaba como una sola identidad de pulcra maldad: todos repugnantes hipócritas del Demonio. La flor y nata del escaparate de la falsedad presumía ufana, revolcándose como una piara de ciento cincuenta guarros frente a la indignación cada vez menos contenida que los contempla…

     La lápida de mi Padre en el cementerio de San Justo necesita flores y que deje mis lágrimas sobre la helada soledad del recuerdo imposible. No me creo que muriera el 29 de marzo por ingresarlo con infectados de coronavirus después de su periódica diálisis. En vez de llevarlo a casa desde el Hospital Gómez Ulla de Madrid fue condenado protocolariamente a muerte. Lo mataron. La memoria se me descompone en racimos de asco: no pudimos velarlo por órdenes de inhumanos mamarrachos, fulleros, vivos. Irreal fue el atronador eco de las herramientas de los sepultureros para después  sobrevenir el sepulcral silencio de mi propio cuerpo enterrado. Con el ser de mi ser que me dio la vida, a los pocos días murió, atrapado por la Covid 19 en una residencia desasistida,  el progenitor de mi esposa. Los dos solos vimos con las almas arrancadas las compuertas del dolor tragando el ataúd que contenía los restos de Enrique, otrora personalidad de renombre, para incinerarlos.
     Soledad, muerte, agonía y furia contenida. Dos padres arrebatados ante la prescindible escoria que los mató, multiplicados por un genocidio de decenas de miles de inocentes asesinados por protocolario objetivo de rédito político. Y aquí no ha pasado nada que no subsane la mentira y la explotación inmisericorde del sumiso ciudadano.
     ¿El Estado de Alarma decide que tampoco podamos acudir el 1 de noviembre, Día de Todos los Santos,  a la Sacramental de San Justo donde llorarnos las vísceras del recuerdo? Malditos sean. Allí estaremos. Estos hijos de putas, ratas sin entrañas, ineptos maliciosos, inútiles apesebrados, parásitos del infierno terreno,  solo saben multar, extorsionar, sacar hígados de los vivos y alimentar sus insaciables codicias con la indiferencia por la tragedia; tanta ruina provocada a propósito, lo sabemos, podría impulsar a millones de seres humanos con sed de justicia. Verdadera, no edulcorada ni tamizada, tampoco prostituida.
    Es insoportable lo acumulado y tan parecido a esos momentos de la Historia definitiva, cuando los pueblos oprimidos se rebelan frente a los tiranos. Ayer el atronador aplauso de la indiferencia por el dolor me hizo desear que la venganza fuese divina justicia. Los muertos, indiferentes al lamento ajeno, están demasiado vivos todavía. Continúan respirando con frívola indecencia, como si no fueran deleznables cómplices de un crimen de lesa humanidad.
    Madrid es demasiado noble frente a sus enemigos burlescos y España templada en demasía ante los culpables de su tragedia. De ser Francia la víctima de una pandemia magnificada con fines sectarios, los habrían montado improvisadas guillotinas para,  según se dieran a sorpresa, desmemoriarles la desvergüenza, el abuso, el engaño y el alma, dejando rastros de horchata por las calles. A la salida del Casino como del Congreso.
    Porque sangre no llevan estos hijos de Satanás que viven de las proezas del recurso público  que los ciudadanos engrosan con sacrificio para que ladrones y asesinos los despojen de la esperanza, también, con esa facilidad que dicta lo amoral a quienes se dispensan plácida vida matando inocentes. Y además la burla.
    Pedro J. Ramírez lleva en esa faz de impertérrito cinismo el significado de una vida dedicada a lamer las botas de sus muchos amos. Como Pedro Sánchez y Pablo Iglesias esta vez ausentes; o Inés Arrimadas, Pablo Casado, Teodoro García Ejea y, quién lo dijera con lo modosito y diligente que parecía, Martínez Almeida. Cada cuál esclavo de sus ambiciones y escala de mando, subordinados a la misma vanidad imperdonable en esta época apocalíptica. A todos esos sinvergüenzas que destrozan la vida de España reunió el manipulador de conciencias Pedro  J. Ramírez. Cuanto más envejece, su rabo se mueve con mayor ligereza a la espera de las migas que lo alimentan.
   Ayer el aquelarre de El Español adoraba un solo amo, Satanás, con la nutrida representación de repugnantes epulones lobotomizados ante la dantesca masacre que sus maléficas indiferencias perpetran a diario. Y no tuvieron reparo en restregar la criminalidad al Pueblo que los perdona la vida… Si tomaran consciencia de lo que es un mar calmo estremecido por un terrorífico y aniquilador tsunami, los demonios del aquelarre que bailaron desnudos de decencia y humanidad se habrían guardado de aparecer por el patíbulo montado en el Casino para aplaudir sus propias ejecuciones. Están muertos pero no lo saben. Confiados epulones del averno, poco imaginan que las siembras se recogen y las risas se transforman en muecas de terror.

    Quiera un Arcángel de Justicia que los muertos de ayer reunidos por El Español sean enterrados con brasas de azufre y que el Lázaro universal oiga sus gritos, cuando cancerberos los desmiembren entre vítores de íncubos. Figurado sí, pero da medida de la indignación que provoca esta manada de vividores a costa de una agonía colectiva. Salvador Illa es el farsante que debería dimitir de la existencia política y ser enterrado vivo con el comité inexistente de expertos. Todo él es un vacío existencial sin dignidad. Filósofo metido a carnicero.

¿Obediencia debida?¿Sumisión ciudadana? La obediencia a estos canallas y la sumisión ante criminales son un insulto a la conciencia cívica y acaso a la universal. Malditos cínicos de Satanás, meteos el estado de alarma por el orto apestoso, el mismo por donde defecáis el banquete de la traición mientras matáis con inepcia desalmada.  Iremos con vuestras prohibiciones carroñeras al cementerio, a regar de sangre lagrimal la tumba de nuestros padres, maldiciendo puercos burocráticos y políticos que se benefician de nuestro dolor visceral y nuestros esfuerzos pecuniarios. Contendré la fe en la justicia Divina, la humana es de mierda: que estos hijoputas lloren las suyas cuando les toque dar cuentas de sus repulsivas complacencias… Y será poco.

Esta Navidad que anuncian sin celebraciones debería llevárselos en volandas Satanás. Salgan los niños a respirar en familia. Bulle la desobediencia civil por el infame ejemplo de los torturadores; así  quedase liberado del yugo depredador la humanidad arrestada. Engañan, miserables, con cebos de muerte.

   Ciento cincuenta demonios se aplaudieron ayer en el aquelarre de El Español. Adoradores estúpidos presumiendo de lujo y distinción en un país maravilloso arruinado por hijoputas que cada día quedan más en evidencia. En el Congreso los demás, no todos, son de la misma condición inhumana. Diablos.

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